Juan Anguera, alias «Flanagan», es un joven inteligente que
realiza pequeñas investigaciones para sacarse algo de pasta y pagarse sus
caprichos.
Fue él quien descubrió que Rebollo era el autor de las pintadas que aparecieron
en las paredes del instituto, en las que se podían leer lindeces de todo tipo
sobre Fede Gómez; y también fue quien averiguó, gracias a las huellas de chorizo
en los libros de Bécquer de la biblioteca, que Jorge Castell, conocido también
como el Plasta, era el responsable de los anónimos de carácter amoroso que
recibía su compañera Lucrecia Pastor.
Hasta aquí, todo más o menos normal. Pero es que Flanagan, sin saber muy bien
cómo, acaba metiéndose en líos mucho más gordos: líos peligrosos en los que
están involucrados traficantes, chantajistas, skinheads o empresarios
corruptos; y también en líos de otro tipo: líos amorosos que le traen de cabeza,
le elevan hasta el cielo y luego le hacen caer de golpe.
Y entremedias ayuda a su padre en el bar, hasta que rompe unos cuantos vasos,
tira encima el café a los clientes y queda confirmado que lo de la hostelería
no es lo suyo.