La primera chica con la que Flanagan sale en su vida. Una chica de barrio, que va de heavy y que se hace respetar.

Era una sinfonía en rojo y negro. La melena sujeta con una pinza roja, cazadora negra satinada con una cremallera muy ancha de arriba abajo, minifalda roja, medias negras y zapatos rojos planos.

¿Hay alguien capaz de olvidar su primer amor, o de olvidar el momento en que notas que la atracción es mutua?

—Eres un caso, Flanagan —dijo Clara—. Normalmente, me las veo con chicos blandos que pretenden hacerse los duros. Y tú, que tienes fama de duro, juegas a hacerte el blando.
La miré. Le di un vaso de papel lleno de Coca-Cola. Hice durar la mirada, y Clara me la aguantó con firmeza.
—Yo juego a ser blando, tú juegas a mujer fatal. Supongo que todos jugamos. Estamos en la edad, ¿no?
—¿Bailas? —dijo de repente.

Desde el primer momento en que la ve, Flanagan se enamora perdidamente de ella. No sería humano resistirse. Después, entre canción triste y canción más triste todavía, tendrá que aceptar que otro, quizá mejor para Carmen que él mismo y que encima le cae bien, ha ocupado su lugar.

… una morenita con pinta de gitanilla traviesa, cabellos negros y despeinados […] ojos aún más negros que el pelo, de mirada abrumadora de tan sincera, y boca risueña con dos incisivos de conejo de lo más graciosos. Una de esas chicas que te despiertan la necesidad de hacerte muy amigo suyo, de confiarle todas tus inquietudes y de convencerla de tus puntos de vista mientras hacéis manitas.

No era muy alta, y tal vez le faltaban algunos quilos, y su actitud era de muchachote provocador, pero había un gran atractivo en su cuerpo elástico, hecho de uno de aquellos materiales que no se rompen por más que los dobles. Su mirada, bajo aquella mata de pelo negro, era tan penetrante que incluso lanzada desde el otro lado de la calle tenía el poder de trastornarme.

Nines y Flanagan pertenecen a mundos muy diferentes. Ella es una guapísima niña pija que vive en un barrio rico, sus padres tienen mucho dinero y sus amigos son unos hijos de papá que no hacen precisamente fácil la vida al detective.

Chándal Benetton, tejanos Closed, zapatillas Reebok. Una pija, sin duda. Pero qué pija. Pelo castaño, ojos de color tabaco rubio, labios gruesos y glotones, expresión de niña mala. Cuentan las leyendas que las chicas más guapas del mundo se hallan entre las pijas, y aquella no era precisamente la excepción. Aquella era el arquetipo, si me perdonáis la expresión.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Nines se convierte en la más eficiente de las ayudantes, en la mejor de las compañeras y en el gran amor de Flanagan. Ya se sabe, estas cosas suelen ser imprevisibles…

Yo conocía a Nines, la quería, habíamos hecho el amor, entre los dos nos habíamos hecho un amor a nuestra medida…

«Johnny: bebo los vientos por ti». Esta es la frase con la que se declara al detective María Gual, su socia, una joven directa, resuelta y divertida.

Y, en lugar preferente, una Polaroid, a todo color, que representaba a una quinceañera guapísima, pelirroja, en bikini, que se alborotaba el pelo con una mano y mantenía flexionada la pierna izquierda, con el pie a la altura de la rodilla derecha, en postura de chica de calendario.
Aquella quinceañera guapísima se llamaba María Gual, se empeñaba en ser socia de mi negocio y decía que bebía los vientos por mí.

Flanagan se siente atraído por ella, aunque se resiste a iniciar una relación porque sabe que podría significar el final de su sociedad y de su amistad. Pero no cuenta con que María Gual no se da fácilmente por vencida…

—No nos compliquemos la vida. Ahora somos amigos y socios, y nos va bien así. Si nos liamos, lo nuestro no durará para siempre. Un día, terminará. Y, entonces, dejaremos de ser novios, amigos y socios.

De carácter fuerte e independiente, deportista, siempre montada en sus patines en línea, Blanca Comas forma parte del grupo de chicas apodadas «los Cuerpos Diez» por sus compañeros de clase:

Eran tres chicas como tres top-models guapísimas. Parecían muy seguras de sí mismas. Siempre cargando pelotas de baloncesto, o raquetas de tenis o bolsas de gimnasio, o calzadas con patines Online que hacían evolucionar con destreza de profesionales. No parecía que tuvieran la más mínima intención de iniciar relaciones chico-chica con el resto de alumnos de la clase. Por lo visto, no nos consideraban dignos de ellas.

La relación entre Blanca y Flanagan empieza de forma desastrosa:

—Tú eres el gran detective Flanagan? —me preguntó. Como si dijera: «¿Tú eres el payaso Manolete del Circo Americano?».
—Soy Flanagan, sí —contesté con mucha cautela—. Y soy detective.
—Detective —despreció—. Patético.
Como un cretino, tartamudeé:
—Pues la policía me respeta.
Repitió:
—Pues la policía me respeta.
Y se fue. Nunca me había sentido tan ridículo.

Pero, a menudo, del odio al amor solo hay un paso.

Bruna es pelirroja y tiene mucho morro (un morro encantador, por cierto). Flanagan la conoce en un tren, en el trayecto Barcelona-Madrid.

Entre tacos e imprecaciones tan vehementes que me hacían parpadear, con un entusiasmo deslumbrador y con el delicioso acento de las Baleares, Bruna, me notificó que se llamaba Bruna, que era hija de un multimillonario y que iba a Madrid a participar en un campeonato internacional de solitarios. Yo la miraba, sonreía como un imbécil, y decidía que le pagaría los bocadillos, pero que no me sacaría ni un céntimo más.

Carlota es una chica rebosante de conciencia social y muy sincera, quizá incluso demasiado para Flanagan.

—¡Jo!, creí que estabas con tu amigo —dije como explicación a mi berrido.
—¿Koertt?
—Sí, ese holandés.
—Pues ya ves que te equivocabas.
—Me alegro de haberme equivocado —dije.
—Estuve con él buena parte del fin de semana.